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Objetivos y objetividad

Opinión personal

Cuando comenzamos a salir a la montaña, es tan grande el impulso por escalar “algo” que analizamos (en algunos casos) muy a la ligera nuestro objetivo. O tal vez no analizamos o simplemente no tenemos objetivos concretos.
Esto se debe a una ambición más física que psíquica, pues cunado vamos a la pared a practicar se realiza un rutina general y cuando vamos a la montaña “repetimos los pasos ensayados” en la roca.
Vamos a la montaña a repetir lo practicado y no a encontrarnos o a darnos la posibilidad de descubrir.

Esto que parece una crítica a quienes no salen de la palestra, es solo una invitación “a gritos” a que viajen a la montaña tanto como puedan, no a ensayar sino dispuestos a sorprenderse (con esto no quiero decir que un escalador principiante se aventure un una ruta alpina con pasajes en artificial).

A lo que me refiero con objetivo, es plantearse una ruta en roca, una travesía por las cierras en solitario, un invernal a un 4000 ya subido en verano, ir de reconocimiento a una quebrada que no conocía en mi zona de alta montaña preferida… no sé, lo que se les ocurra; pero que los saque de la rutina escaladora.
Pensar en esta meta, elaborar un plan en casa que cuente desde el transporte hasta la comida, dónde obtener agua, información de la zona, etc.
Muchas veces esta tarea suele alimentar las ansias, pero descubrirán que les solucionará de antemano un montón de problemas.

Plantearse un objetivo suele tener un por qué.
Si decidimos subir el cerro Morro Chato (Vallecitos), el por qué podría ser “es una de las quebradas que no conozco del cordón…”, o “es la dificultad que estoy buscando, o la soledad en un lugar muy frecuentado…”.
Si voy al Tupungato y no a Aconcagua puede ser por: “ya logré subir el Aconcagua y ahora voy por el Tupungato…”, o “Prefiero la soledad y el estado salvaje, casi intacto del Tupungato…”
Si voy a La Ola (Córdoba) el por qué podría ser: “Busco un estilo más deportivo que Los Gigantes…”, o “No quiero caminar, solo escalar…”, “Sólo poseo un puñado de Express…”.
El objetivo no siempre apunta hacia arriba, hacia el mejoramiento como muchos creen: “después de una larga estadía en alta montaña en Enero, en Agosto decides hacer sólo una travesía por debajo de los 4000 metros….”
Un objetivo es solo eso, una idea, una propuesta, una ambición o simplemente algo diferente a lo que veníamos haciendo.

Objetividad
Pensar con objetividad, significa tener en cuenta la meta a lograr y las posibilidades con las que contamos.
Es decir, imaginemos una cadena suposiciones y certezas: “tengo como objetivo ascender el cerro San José, en plena cordillera”. Ahora usemos la objetividad: “Poseo experiencia de varios años en alta montaña, ya he ascendido cerros de similar altura y permanecido mucho tiempo en alta montaña, estoy debidamente en estado físico y sobra, conozco las técnicas de progresión en nieve y autedetención; pero no conozco bien la zona, es un lugar alejado de habitantes, no hay control alguno de ingreso y retirada, los celulares no poseen señal de celular hasta casi llegar al tramo final (8 días aproximadamente), debemos cruzar el río Tunuyán que no es fácil y en verano es peor, nunca viajé a la cordillera, la cartografía no me da una idea clara…”

Como podrán ver, comenzamos con los puntos positivos planteando los futuros inconvenientes y las soluciones reales que ya tenemos (medición del esfuerzo = entrenamiento acorde), pero al analizar el viaje paso a paso según la información recaudada, nos topamos con una serie de eslabones que no logramos cubrir o simplemente enganchar para finalizar esta cadena hacia nuestro objetivo. Otro error es planificar un viaje hasta una cumbre o un punto en concreto, y no contamos con la vuelta; que en un objetivo como el arriba descrito es mucho muy importante.

Cuáles serían las soluciones posibles a los inconvenientes no cubiertos en el plan narrado más arriba?

Tal vez nos sirva pensar a forma de “antónimo”, o sea, en lo contrario de.
Si pensamos en:

- no conozco bien la zona.   

Tal vez será mejor recaudar más información, o mejor aún, ir con alguien que ya estuvo conoce el lugar.

-lo alejado del lugar (con una barrera concreta a sortear a medio camino de 4000
metros en la ida y en la vuelta) y la imposibilidad de una llamada por celular por si algo malo ocurriera.

Este es el punto en que la solución se encuentra más fuera del alcance de nosotros, lo cual nos convierte en seres impotentes ante una situación así. Lo único que podemos pensar es en adaptarnos a la situación, pues confiar en que todo saldrá bien objetivamente  fundamentado y tener en cuenta que el montañismo es un deporte de alto riesgo, y que estas son situaciones a las que debemos enfrentarnos si o si.

- si el problema es cruzar el río, debido al caudal del mismo en la zona, podríamos solucionarlo de diferentes maneras:

Cambiar la fecha de nuestro viaje y atrasarla al menos 4 meses.
Cruzarlo bien temprano por la mañana, y al regreso esperar hasta el otro día para hacerlo.
O confiar en animales de carga.

Además de estos inconvenientes naturales o comunes a una salida, debemos mencionar el más importante, en donde objetivo y objetividad necesitan del sentido común para prevenir malas situaciones o una fatalidad.
Muchas veces cuando tenemos un objetivo en mente, suele figurar como un capricho más que una meta laboriosamente desarrollada: “lo subiré porque los demás lo hicieron, y yo no puedo ser menos”, “…entonces yo lo haré en invierno.”…
Allí la objetividad carece del sentido común y nubla el análisis concreto de nuestras posibilidades físicas y psíquicas. Sería bueno descubrir la trampa antes que se convierta en una cadena y desenlace en un paso no reversible a varios metros del último seguro; o encontrarte sin aliento varias horas antes de llegar a la cumbre y quedando un largo camino de regreso a la tienda…
Es decir, objetivo y objetividad siempre deben ir unidos por el raciocinio, el sentido común; nunca subestimando el poder de la montaña ni sobreestimando nuestro conocimiento y estado físico-psíquico.

Por otra parte, la propuesta de un objetivo en concreto: “vamos a escalar la Torre del Campanario” en vez de “vamos a Los Gigantes a escalar un poco” implica mucho más (no por este objetivo en concreto, claro está) que quedarse en la palestra y salir de vez en cuando a hacer una “rutina”. Lo que quiero decir es que el planteo de un objetivo y la aplicación de la objetividad en el plan y en el desarrollo es cuanto poco, muy positivo. Siempre es más que bueno ponerse una meta delante y llevarla a cabo con seriedad y conciencia, en vez que coleccionar equipo y hablar de los libros que leímos o las películas de grandes rescates en la montaña. Más que hablar es hacer, y si es con objetividad bienvenido sea aunque no se concrete la meta.

Son los objetivos los que nos llevan cada vez más lejos, y la objetividad lo que nos hace volver a casa y seguir adelante hacia una nueva aventura; en vez de salir a practicar una rutina.


por walter swinney