La idea era escaparnos Marcos y yo a la soledad de los Arenales, en Mendoza. Esas montañas olvidadas solo frecuentada por escaladores en roca en los alrededores del refugio Portinari y el Club andino Tupungato. Pero nosotros íbamos más allá, más lejos; siempre más alejado, y esta vez, fuera de temporada. Aunque nunca es “temporada” en arenales. Solo concurren masivamente en el festivo del 17 de agosto o Semana Santa.
En fin, una vez más llegamos a la localidad del Manzano y de ahí nos subió el Yagua en su vehículo, un poco más allá del refugio Portinari, donde bajamos a firmar nuestra llegada y contar nuestros planes: hacer altura en la zona de los Picos Gemelos.
El vehículo nos dejó en la confluencia de los caminos entre la Cuesta de los Afligidos (que lleva a la zona del Ref. Scarabelli, Manantiales y Portillo Argentino) y la quebrada del Cajón de los Arenales.
Allí nos despedimos, dejamos atrás quienes no quisieron compartir “la gaseosa imperialista”, acomodamos las mochilas y nos pusimos a caminar bajo un día claro y cálido. Pronto llegamos al ref. del Club Andino Tupungato (o Arenales, como lo llaman algunos), el cual se encontraba inusualmente limpio; lo que demostró 1 de dos cosas: la ausencia de escaladores roqueros, o la limpieza por gente de la zona. Pero no estaba en nuestros planes quedarnos en este lugar. Así pues continuamos por la quebrada rumbo al primer campamento, pasando por los tediosos espinillos y vegas hasta encontrarnos ascendiendo el primer obstáculo de la quebrada: el Tapón. Un gran acarreo de piedras que obstruye el arroyo, el cual pasa por debajo. Al llegar a su cima se puede apreciar buena parte de la quebrada, y descendiendo por su cara opuesta, hallaremos una hermosa laguna de aguas cristalinas con tonalidades verdosas que impresionan. Aquí paramos a tomar el primer descanso, muy merecido luego de haber ascendido por el pedrerío.
Habremos estado unos 20 minutos picoteando algo y tomando agua, mientras comentábamos sobre el color del agua y de lo caudaloso que venía el arroyo este verano. Al cabo del respiro continuamos nuestra marcha. En este tramo el camino es más benévolo y vistoso, pero de ascenso continuo, con una senda bien perceptible que seguirá así hasta el segundo tapón: el acarreo del cerro Pircas.
Si bien veníamos bien y el día nos acompañaba, yo comenzaba a sentirme cansado llegando a los 3000 metros. Marcos encabezaba la dupla, alternándonos de vez en cuando. Estaba padeciendo el año que estuve sin pisar la altura, y por más entrenamiento... una la memoria de altura no falla. A Marcos parecía tratarlo bastante bien, puesto que había estado hacía poco en la zona y además en invierno. Al llegar a nuestra zona de campamento conocida como real Mirta. Marcos me contó que también se sentía agotado. Esto me dio una pauta de lo que nos esperaba, siendo que recién estábamos a 3100 metros, en nuestro primer campamento.
Una vez nos recuperamos (lo cual nos tomó unos 20 minutos) admiramos el entorno, aunque ambos ya habíamos estado allí repetidas veces. A un lado la rampa que lleva a Laguna Escondida y a los Tres picos de Amor (me trajo recuerdos de una ascensión anterior); al otro las estribaciones del imponente cerro Pircas, con sus 5600 metros e interminables acarreos a lo que se suma la falta de agua en todo el ascenso y el poco lugar para montar una pequeña tienda. Al frente nuestro, siguiendo por la quebrada, veíamos la morena y pensábamos cómo sería más allá de ella, donde ninguno de nosotros habíamos llegado. Eso me inquietaba, me incomodaba pero a la vez me llamaba: lo desconocido, lo poco explorado, la falta de rastro humano...
Así pasamos nuestra primer noche, la cual dormí como ninguna otra. Comimos bien y dejamos la cerveza para la vuelta, para cuando busquemos la basura. Además decidimos alivianar peso y dejar algunas cosas como salamines y comida extra. Al otro día preparamos todo y partimos bajo un sol radiante. Atravesamos el segundo Tapón rápidamente, pues no sentíamos bien y con ganas. El camino se transformó en un desierto de piedras. La piedra lo colmaba todo y cada vez me sentía más encerrado entre acantilados y grandes contrafuertes. Nos desplazamos dificultosamente entre grandes y movedizas rocas, sobre la margen derecha de la quebrada, pasando la gran morena. La temperatura comenzaba a cambiar y nosotros no sabíamos como salir del pedrerío en el cual nos habíamos metido. Nos agotaba la rigurosidad del camino y la lentitud con la debíamos movernos. Visualmente era un desastre: solamente piedras, no teníamos paisaje. Esto continuó unas horas, hasta que decidimos bajar a un valle; bajar ahora, era necesario, pues nos estaba comiendo la cabeza y nos agotábamos demasiado.
Antes de bajar habíamos divisado unas cascadas, y pensamos erróneamente que era nuestro lugar de campamento, pues ambos las habíamos visto en viajes anteriores desde muy arriba. Nuestro lugar de campamento estaba más allá que ese punto, aunque no tan lejos, y ahora que veíamos el verde de los pastizales y el arroyo y los picos lejanos... estábamos más contentos, pero igualmente agotados.
Dejamos las mochilas en un punto mientras Marcos filmaba un poco, lo cual hacía cada tanto, pues resultaba muy engorroso sacar la cámara y captar algo de vez en cuando; entonces continuamos sin las mochilas para poder ver nuestro lugar de campamento bajo la gran cascada que ahora veíamos y escuchábamos.
Luego buscamos nuestras cosas y tiramos todo en el lugar escogido. Un lugar realmente hermoso, con una gran cascada a nuestro costado y un arroyo fácil de cruzar, y un lugar cómodo para dormir.
Habíamos encontrado las pircas dejadas por otras expediciones y me preguntaba quienes habrán sido y cuando, pues ya en este lugar la senda es totalmente inexistente, rara vez veíamos algo parecido a una pirca y los cerros se nos confundían debido a la proximidad con la que los observábamos. Veíamos algo que creíamos que era el cerro Warpes y nos encontramos maravillados con sus empinadas laderas repletas de nieve. Más tarde cuando más arriba, nos dimos cuenta que lo que veíamos era solo un contrafuerte del mismo.
En este campamento nos dimos cuenta que estábamos también muy cansados, pero menos que la vez anterior; me tomó unos 15 o 20 minutos ponerme en pie para preparar el campamento junto a Marcos, que al parecer se encontraba mejor.
Una visión nos inquietaba ya a esta altura (3500 aprox.): veíamos 2 grandes cerros a nuestro frente los cuales creíamos nuestro objetivo (el Gemelo Norte) pero no distinguíamos cual era cual. Luego de intercambiar opiniones y consultar mapa y brújula, llegamos a la conclusión que el cerro que debíamos subir era el que teníamos a la izquierda de nuestra vista (aunque albergábamos algunas dudas) puesto que se encontraba al norte del que estaba más distante y hacia la derecha, visto por encima de la gran morena del campamento anterior. Esa noche escuchamos la radio y charlamos mientras nos reíamos con Dolina, nos dormíamos algo tarde.
Al día siguiente, el tercero, nos levantamos y comenzamos con la rutina que nos sacaba de la rutina: desayuno, empaque, desarmar campamento y seguir subiendo; esta vez hacia el último campamento.
El terreno se tornó denso al poco abandonar el lugar y dejar la cascada: todo piedra, ya no veíamos el suelo en ninguna parte ni vegetación alguna, parecía un paraje desolado y olvidado por Dios. Pero al alzar la vista todo cambiaba, y veíamos las altas cumbres dominadas por las nieves eternas y el recelo que guardaban sus cumbres poco visitadas. Y allí me di cuenta de porqué seguía adelante, pues era eso mismo lo que siempre me llamó: lo mágico de la lejanía social y del círculo comercial que brindaba el lugar... el desafío que esto significaba.
El terreno se comparaba con un desierto de piedras, rodeado de grandes montañas con sus cimas nevadas, y luego de caminar unas cuanta horas llegamos a nuestro lugar de campamento, o a lo que parecía serlo.
El pico que habíamos elegido era el que se encontraba más al norte, pues el verdadero Gemelo se encontraba más distante y mirándolo bien, requería de otras exigencias. Aquí ya no existían las huellas, el sendero o las pircas; debíamos orientarnos por lo que habíamos oído y la lógica. Y así plantamos el campamento, luego de trabajar en ello apartando piedras y alisando el terreno lo más posible a 4400 metros de altura; a lo que siguió conseguir derretir nieve para obtener agua de los penitentes cercanos. Pasamos la tarde derritiendo y luego acomodamos las cosas dentro de la carpa, y veíamos alrededor las grandes montañas como el Pircas de 5600 m., el glaciar bajo de la base del Warpes y este último cerro que asomaba tras un filo imponente con nieves y cornisas perpetuas, y un gigantesco lenticular se formó encima nuestro...
Es difícil explicar la soledad del lugar y el silencio y la falta de signos de vida o del paso del hombre, sólo unos cóndores y atrevidos zorros en la parte más baja del ascenso; y lo lejos de todo que nos encontrábamos.
Por primera vez en tantos años había llevado un celular que de nada sirvió, pues no tuvimos señal en todo el ascenso, pero Marcos tenía un viejo teléfono que nos sirvió para avisar que seguíamos bien.
Cuando uno tiene familia ya formada, como en mi caso, se extraña mucho sobre todo a mi bebé; y a veces te pega el bajón.
Queríamos subir la montaña y bajar, pues el entorno nos estaba ganando la cabeza, y yo traía unos dolores de estómago... ya empezaba a mariconear...
Pero Marcos parecía estar bastante bien, y yo sabía que a la noche, luego de una sopa el ánimo cambiaría. Y así fue, tomamos una sabrosísima sopa de fideos y nos acurrucamos en los sacos de dormir; sin olvidar la radio para escuchar a Dolina.
Esa noche no dormí muy bien y al día siguiente (el cuarto) nos despertamos temprano para desayunar y preparar las cosas para el último ascenso. Salimos tipo 9 debido a que no estábamos muy lejos y el nivel a superar era de alrededor de 800 metros. Seguimos por las morenas subiendo y bajando sus pequeños filos y atravesando el desierto de piedra hasta llegar a la ladera del cerro. Decidimos continuar por las piedras y al llegar al campo de penitentes nos internaríamos en el. La mañana se aproximaba y apenas sentíamos el viento, el sol brillaba intensamente sin nubes que lo amenazaran.
Ya en los penitentes, mordimos algunos pedazos para economizar agua y encontramos una brecha que parecía un corredor entre ellos, y lo aprovechamos. Pero luego tuvimos que continuar ascendiendo pisando entre ellos y clavando los piolets a veces. Nos turnábamos para abrir la ruta y no veíamos la hora de llegar al filo para terminar con los odiosos penitentes que nos hacía el ascenso más lento; aunque más seguro. Sentíamos cómo los cerros linderos escupían piedras que luego caían en forma de avalanchas de tierra, polvo y rocas.
Atravesamos una última franja de roca suelta y esquivamos la franja de penitentes casi al final de la ladera, y superamos el filo.
La vista desde allí hacia el otro lado, se llevó el premio al mejor paisaje que jamás vi en mis años de montaña: un espectacular circo glaciar repletamente penitenteado rodeado de agujas de roca y una laguna circular color verdosa totalmente helada. Nos quitaba el poco aliento que nos quedaba, pues ya estábamos llegando a los 5000 metros. Uno de esos picos era el Gemelo Norte, al cual decidimos no ir puesto que no íbamos a llegar, en cambio optamos por atacar una de la agujas que teníamos a nuestro frente, la cual compartía un portezuelo con el mismo cerro, y apenas un poco más baja.
Rodeamos una aguja del contrafuerte y nos internámos en una especie de túnel formada por la pared del glaciar y la roca, un camino protegido del viento y de poca dificultad. Pero luego el terreno cambió y nos forzó a internarnos en el glaciar, caminando sobre penitentes más altos que nosotros. Esto nos costó mucho trabajo y tiempo, y nos consumió mucha energía. Marcos filmaba de vez en cuando y yo tomaba alguna fotos. Habíamos hecho un ascenso rápido, demasiado para mi, y las molestias ya se hacían presentes; algo dentro del estómago comenzaba a moverse. Pero Marcos siempre firme, tomó el la delantera y abrió gran parte del último y peor tramo. Lo veía mejor que en otro viajes, considerablemente mejor en todos los aspectos; y en cierto modo, contribuyó grandemente al éxito.
Ya faltaba poco, cuando vimos una pared de nieve entre 2 torres. La pendiente estaba colmada de sastruguis (pequeñas formaciones cóncavas erosionadas por el viento, las cuales luego pasarán a ser penitentes), con una inclinación inicial de unos 60º. Marcos, que iba más adelante con un piolet técnico comenzó a subir; yo lo perdí de vista pues venía rezagado y no pude ver su ascenso.
Apenas llegué a la pared grité su nombre a lo cual, luego de un rato respondió desde lo alto: ¡no subas, el piolet largo no te ayudará. Sin poder vernos y dificultada la comunicación, me dispuse a subir con el piolet en una mano y agarrándome de las formaciones de hielo con la otra. A poco la pendiente iba ganando desnivel, en algunos tramos llegaba a unos 75º u 80º, y no puedo negar que me sentí inseguro. Pero al fin llegué a su final: una ventana a más de 5000 metros de altura que caía a pique en una canaleta hacia el valle.
Marcos estaba en una de las paredes intentando subir la roca hacia los 20 metros que nos faltaban para llegar a la cima; pero pronto volvió con malas noticias: era muy expuesto y sin equipo de seguridad alguno, ¡un resbalón nos empujaría al valle en una caída a pique!.
Hasta acá llegamos dijimos, no es necesario correr más riesgos, esta es nuestra cumbre, y asomados por la ventana tomamos unas fotos, filmamos un poco mientras veíamos las nubes ascender por el valle. La vista desde allí era tremenda y vertiginosa: de un lado el valle por el cual veníamos, con la vista de los Tres Picos de Amor, el Warpes, y muy lejos y muy abajo el Punta Negra de 4400 metros. Hacia el otro lado: una vista aérea del glaciar y su laguna, un mar de colmillos bajo un cielo azul limpio... era un premio a los ojos cansados.
Pero teníamos que bajar. El solo hecho de destrepar la pared me incomodaba. Pero ese era nuestro camino de regreso, cuidadosamente ajustamos los grampones y comenzamos a bajar. Me quité los guantes húmedos que me daban mucho frío y me coloqué los mitones de pluma. Al llegar al final de la pared, me tranquilicé un poco y pronto estábamos entre los penitentes; los cuales (por mi parte al menos) ya odiaba. Un rato más tarde llegamos a la pared del glaciar, la cual bordeamos al subir y al descolgarnos por el filo, nos sentamos un poco para descansar. Marcos filmaba y levantaba el ánimo, yo me libraba de algo que realmente venía molestándome, atacando mi estómago cada vez más: abrí las piernas comencé a vomitar y desperdiciar la espectacular sopa de fideos de la noche anterior; mientras Marcos me filmaba y preguntaba si estaba bien.... ahora si, le respondí.
Pero debíamos bajar antes que las nubes que ascendían por el valle nos cortara la retirada. Lo hicimos bastante rápido y pudimos llegar al campamento con buena cara. Al llegar me tiré a un lado de la carpa para recuperar aliento. Luego nos pusimos en movimiento preparando todo para entrar en la carpa, cambiarnos, beber algo y derretir nuevamente penitentes para obtener más agua.
Terminamos el día en la carpa con una buena charla sobre lo que habíamos hecho en el día y otros viajes futuros, y a pesar del cansancio, escuchamos a Dolina hasta las 2 de la mañana.
Al día siguiente levantamos todo sin mucha celeridad y decidimos bajar la montaña de un tirón. Pasamos por los campamentos intermedios: cascadas y Real Mirta con el fin de recoger lo que habíamos dejado (ropa sucia y comida que no íbamos a usar). En este último campamento paramos a descansar, comimos un salame y tomamos unas latas de cervezas a la orilla del rugiente arroyo. El paisaje había cambiado mucho y ahora el verde y el agua corriendo apagaba nuestro infierno de roca desértico de las alturas. La sensación de “vida” me llegó con el sonido de las aves y los pastos sacudidos por el viento.
Continuamos el descenso.
Faltaba un buen tramo a pesar de que el entorno ya nos era muy familiar. Desde hacía rato me acosaban la ampollas en los talones, un problema que se acentúa en verano y que luego se transformó en una pesadilla. Ya cuando habíamos pasado por el campamento de las cascadas, Marcos me vendó el talón para poder continuar el descenso. Pero este se transformó en una tortura para mí y para mi cansado compañero, pues cada vez que trabajaba el tobillo, mi talón rozaba contra la bota y friccionaba la carne bajo la ampolla ya reventada. Y donde más lo sufrí fue al atravesar el tapón nuevamente.
Al avanzar la tarde llegamos al refugio Tupungato, a la entrada del Cajón de los Arenales. Allí nos encontramos, pues Marcos venía más adelantado que yo, y aprovechamos para pelearnos un poco, lo que no habíamos hecho durante el viaje. Luego continuamos hacia Portinary, donde firmamos la entrada. Allí encontramos una familia que ofreció bajarnos hasta el hotel. Nosotros debíamos bajar bastante más pero charla de por medio, se coparon y nos llevaron hasta el Manzano. Allí nos encontramos con el Yagua (pues Marcos dejó el auto en su casa) y luego de una charla bajamos con lluvia desviándonos hacia la localidad de Tupungato a buscar a Nadia (la novia de Marcos).
Así culminó nuestro ascenso y descenso hacia y desde lo que no conocíamos, a través de donde no hay rastro del hombre: ni senderos, ni pircas, ni nada. Sólo contamos con algo de información, y seguimos el camino hecho por nuestras propias decisiones; las que te llevan más lejos, lejos de las muchedumbres que van a las montañas, lejos de todo rastro de humanidad... lejos de casa. De mi bebé. entre la humanidad y lo que nos hace olvidarla.
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